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Archivo de la categoría: A S E S I N O S (por Brotes)

¿Por qué asesina usted?

Vapores

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Un don austero, un advenimiento secreto. Un golpe severo arrastrándose por los años como una hoja afilada a través de la piel dura del tiburón. Y sin brotar sangre, sino vapor. Nubes veloces de vapor en este cielo. Al intentar pisar una baldosa, para el avance, se interpone una aglomeración vaporosa. Y el capricho de buscar una nueva baldosa que pisar, para el avance.
Duras cerámicas el caer sobre el vapor. El impacto es inaudito. El impacto contra la nube, una vez se da, ya no termina.

En la camilla no había nadie más que él. Enfermo y solo bajo la sábana. Sin embargo, sentía como si una legión le acompañara e hiciera presión sobre sus carnes en todos y cada uno de sus miembros. En todas sus superficies. Calculaba cuántas horas pasarían hasta el fresco amanecer, el momento en que todos desaparecerían con la presencia de una sola enfermera.

Sus heridas vaporosas la rehuían, volviendo sobre sí, reduciendo aquellas presiones brutales como sifones diseñados para la astronomía. Alguna vez dudó si ella habría logrado distinguir cómo se apagaba su zumbido turbio, rápido como la explosión de una cerilla. Creo que había una tormenta.

Un deseo inmanente, un instinto desierto. Condensar un rostro para la presión, atrapando sus rasgos humeantes, el vaho súbito.

Observado desde la distancia, el rayo me fascina. Su figura potente y repentina. Su fugacidad y su esplendor. Nos capturan su luz y su estruendo, nítidos y concretos. Cuando contemplamos una tormenta en la lejanía. Cuando la tormenta está sobre nosotros, solo apreciamos una intermitencia de luz entremedio de la niebla, espesa y veloz, volando alrededor. A no ser que el rayo nos alcance.

Conversaciones con un asesino

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B: ¿Por qué mata usted?

A: Bien, acabamos de conocernos, pero podré contestar a esa pregunta. Hágame otra o présteme su cerebro mientras cuaja.

B: ¿Le gustaría viajar de nuevo?

A: Desde luego, me iría ahora mismo hasta la cocina, si tuviera patas. Allí plantaría unas violetas.

B: ¿Cuántos años más piensa estar aquí? Se lo pregunto porque parece que la cosa está en sus manos. Le reducen las condenas por buena conducta pero luego usted mismo provoca un nuevo aplazamiento.

A: Ah, no. Mire, esto es un jueguecito que nos llevamos la jueza y yo. No lo entendería. De todas maneras, en breve saldré. Pero volveré, esta es mi casa.

B: ¿Ha trabajado alguna vez?

A: Sí, trabajé en el mercado de mi barrio, me pagaban una basura por aguantar a cadáveres reticentes, carnosos, que se resistían a morir de una vez. Pronto decidí darles el empujón… Pero la parada cerró al quedarse sin clientela y me vi en la calle.

B: ¿Por qué mata usted?

A: Mire, yo soy un cobarde, no puedo suicidarme, soy incapaz, me aterroriza. Hay momentos en que la vida se pone transparente y dice “o tú o el otro”. Y siempre es el otro. Básicamente por lo que le he dicho, por cobardía.

B: ¿No encuentra obstáculos morales en estos dilemas?

A: La moral fue una de mis primeras víctimas. Era ella o yo. Imposible convivir.

B: ¿Encuentra algún tipo de placer en los asesinatos?

A: Por supuesto, no lo hago porque sea una misión ni nada parecido. No soy ningún elegido, sólo me apetece hacerlo, por pequeñas trifulcas y encontronazos, por incompatibilidades, y no encuentro razones que me lo impidan… más bien al contrario. El cargarse a alguien es algo misterioso. A veces me dejo envolver de un aura de pasado, y recuerdo los ensayos de DeQuincey, o las reconstrucciones que pronuncia Doyle en boca de Sherlock Holmes… imagino que hay niebla y que la calle está adoquinada. Incluso me pongo levita. Es algo maravilloso.

B: A mucha gente le cuesta imaginar que pueda gustar el hecho de desmembrar a alguien, de ver el cuerpo por dentro. ¿A usted le agrada?

A: Este es quizá el hecho más curioso de todo el acto de asesinar. Es una conjunción de lo sucio y lo extremadamente limpio. Imagine: ¿qué limpieza puede resultar más extrema que la de limpiar a un cuerpo de toda vida que exista en él? Por supuesto que es una marranada; toda la sangre, las vísceras, los sesos, etcétera. Quizá ni se lo imagine, porque una cosa es ver a un cerdo partido en dos, y otra muy distinta es ver algo de su misma especie en esa situación. Pero es justo esa mezcla lo que me atrae. Es como cuando uno se pone hasta arriba de mierda para limpiar la casa a fondo. Sí, eso está bien, es así.

B: ¿Cree usted que es distinto matar a grupos enteros de personas por causas ideológicas que matarlos uno a uno por inspiraciones nihilistas?

A: Si me está preguntando si Manson, Henry Lee o yo somos como Hitler o como soldados americanos en Vietnam… no sabría qué decirle. La gente no suele considerarnos como tales. Es más, los que los rechazan a ellos suelen sentir una cierta atracción por nuestros actos. Yo decido, y yo hago. Para mí podría ser lo mismo, el hecho de quitar la vida a alguien siempre consiste en lo mismo, lo haga quien lo haga, cómo y por qué. Ahora bien, nos envuelve ese halo de enfermedad, de lado oscuro de la mente… eso parece justificarnos ante los ojos del espectador. Pero ya le digo, un pensamiento puede hacer sombra en muchos cerebros a la vez, y eso parece no resultar ya tan atractivo. Yo no lo sé, no soy ningún teórico.

B: Entonces ¿coincide en que es usted algo nihilista al cometer estos actos?

A: Como le he dicho, matar es siempre matar, y realmente se puede hallar un cierto placer en ello. Pero es algo que evoluciona, el hombre se acostumbra a todo. Yo al principio necesitaba hacerlo porque los conflictos sociales de mi entorno me resultaban insoportables. Por algún acto o alguna actitud en concreto, una persona me molestaba muchísimo, no podía ni respirar su mismo aire, era incapaz de aceptarla. Entonces el acto de eliminarla no me resultaba agradable, pero aceptaba ese asco como culminación de la enemistad. Luego la cosa fue cambiando.

B: ¿Tuvo usted una infancia complicada?

A: Sí, en la medida en que había un montón de cadáveres insistiendo en hacerse los vivos y en interaccionar conmigo. Y yo no tenía ninguna fuerza sobre aquello, estaba indefenso.

Brebaje del asesino

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No hay duda: es él. Inaugura el agua inclinándose hacia el puchero y observa su altivo reflejo.

Galopa el asesino y el asfalto se resiente de su paso, y las fachadas lo devuelven y sin embargo, no huye su objetivo.

Divisa el cuello y la mandíbula, paradigmas exactos de su sed, hemisferio reinante en su frente y en su vientre. Separa los miembros mencionados del resto, deja el resto para atropellar. Restos insulsos en la mañana.

Cuello y quijada se sumergen y congregan. Los puntos reflejos en el asesino se diluyen.

La potestad. El objetivo es sencillo: embaucador asesino capacitado para la empatía. Mejor al mediodía, en aquel parque. Al sol conjugado con las sombritas de las hojas aleteando. Solo precisa ese gesto: el mirar hacia arriba y el transmigrar la acción propia a la mirada del otro. La mirada del asesino. A su merced.

Esos gestos, a la olla. Y su regia satisfacción, difuminada. Atrás, un ser vagando sin voluntad.

El agua ya hierve y toma un cierto tono cálido que la enturbia. Él asoma otra vez su rostro, pero no ve su imagen, sino burbujas de deseo y sumisión.

Calibra en el portal, detenido por un momento. Se afila el bigote. Lo tiene: un juez, un cerebro bien armado. Un falso confidente con el que acallar sus malos sentimientos. En femenino, para menor delación. Complicada tarea.

La antigua biblioteca, a las ocho de la tarde. Rescata un gesto cansado que se levanta tras el libro, un gesto hastiado del papel, e indolente hacia la marea de movimientos automáticos que se le asignan hasta la cena. Nuestro asesino pasa a la acción. Ahoga su cerebro en un poco de cerveza, cree que no le irá mal. Tiene la certeza de estimularlo con unas palabras, de acrecentar su implicación con unos guiños y unas caladas. Quizá sea la parquedad su arma más atroz.

La disección no se complica, con un corte transversal lo extrae sin dificultad y sin exceso de humores. Lo añade a su brebaje, que emana inesperadamente un humillo veloz y colorido. Se aminora el bienestar del asesino, en pequeñas porciones.

El cadáver descerebrado sirve de alimento a las alimañas del patio de luces.

El asesino ronda el puchero con una imagen algo desenfocada de sí mismo, en algunas partes. Da vueltas sobre sí mismo, merodea en el salón.

Visualiza la convención de esos tres elementos, medita sobre los huecos que han dejado en él.

Ya no puede dudarlo. Se despoja de sus zapatos, introduce primero una pierna, y después la otra. Entonces se agacha, con la mirada fija en la disolución. El paso al otro mundo es repentino.

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