Ésto era una adolescente con cara de reloj y tobillos morados que no podía dejar de contemplar su perfil en el gran espejo de la habitación de sus padres. (Paralelamente era un sentimiento contradictorio que se producía en Lotz -Polonia- en un tercer piso de una familia cualquiera). En vertical, y a 55 grados a estribor de una vela aromática, contemplaba aterrada el camino de sus manillas, espadas en el tiempo a las que odiaba más que a cualquier otra cosa en el mundo, tal vez más por previsibles que por implacables e ineludibles.
– ¡Yo… las extirparía y…!-, pero sabía que el tiempo no se detiene sin encontrarse con la muerte tácita, cosa que sucede incluso en un collage. El papagayo familiar solía recordárselo a menudo.
Era tanta la angustia que sentía de pronto que a veces se propinaba patadas a si misma castigando irracionalmente sus delicados tobillos hasta llegar a hacerse sangre de verdad, tanta como cabe en una botella de moscatel español. Incluso en esos instantes de infinito dolor y humillación, no dejaba de contemplarse en aquel terrible espejo que la devoraba con su propia mirada, que la destruía con las palabras que introducía en lo más oscuro de su alma: “furcia, tempus fugit… destruye…”
Y así sucedía siempre hasta una tarde de septiembre, cuando ya no se esperaba mas que el final de la telenovela vespertina, un apuesto príncipe Húngaro irrumpió en su casa decidido a todo, con un gran mazo en mano y una sóla idea en la cabeza: redimirla.
Y así comenzó todo.